jueves, 10 de abril de 2014

Objetivo Tierra, objetivo vida.



La Agencia Europea de Medio Ambiente alertó el pasado año de que un 90% de la población urbana de Europa está expuesta a concentraciones contaminantes que son perjudiciales para la salud.

Este porcentaje podría no impactarnos a priori, pero tal vez la cosa cambie si contemplamos el efecto que tiene en las 400.000 personas que murieron de forma prematura a causa de ella  en 2010 en Europa. Es decir, más de 10 veces las muertes por accidentes de tráfico.

Ciudades como Madrid y Barcelona incumplen la legislación europea en cuanto a las emisiones de dióxido de nitrógeno que procede de los tubos de escape.
Pero lo cierto es que ni siquiera esta legislación es suficiente para proteger nuestra salud.

La Organización Mundial de la Salud ha actualizado recientemente su guía de 2005 sobre los efectos negativos de los contaminantes y ha revelando que son mucho peores de lo que se creía hace ocho años.
Sin embargo los límites que pone Bruselas a la exposición de contaminantes no son los recomendados por la OMS y la Comisión Europea parece estar haciendo oídos sordos al peligro que corre nuestra salud a causa de este problema.


Si comparamos las cifras de los últimos años nos damos cuenta de que se ha producido un descenso de las emisiones, lo cual podría llevarnos a pensar que se están tomando medidas al respecto. Pero lamentablemente no es así.

Si ahondamos en la investigación y analizamos la coyuntura socioeconómica llegamos a la verdadera razón de esta disminución. La respuesta la tenemos en la crisis económica que atraviesa España estos últimos años.

Como consecuencia de la crisis hay menos tráfico y menos actividad industrial. Lo que nos hace concluir que la reducción de la contaminación se ha producido por factores coyunturales y no por que se hayan tomado medidas para reducir el tráfico, las emisiones industriales o las calefacciones.

Por otro lado, aunque la contaminación haya disminuido, el problema sigue ahí. Ecologistas en Acción calcula que 7,7 millones de andaluces, el 92% de la población respira cada día más contaminación de la que recomienda la OMS.

Ante esta situación me preguntaba ¿No piensan las instituciones tomar medidas al respecto? E inmediatamente volvía a relacionar los conceptos de industria, contaminación y salud. El sistema se nutre de industrias, de decisiones de señores y señoras de traje que solo buscan la rentabilidad económica, y de instituciones que legislan a favor de estos. Nuestra salud se vende en las reducciones de costes de las empresas mientras ellas se hacen más fuertes.


Cuando las preocupaciones de un planeta giran en torno a cantidades monetarias resulta difícil no perder el norte. Pero lo cierto es que esas personas que toman las decisiones y esas otras que marcan los límites de emisiones, insuficientes para nuestra salud, respiran el mismo aire que todos los demás; y  que una cuenta corriente no hace inmune a nadie, por muy gorda que sea.

Dicho esto y teniendo presente todo lo anterior, no podemos perder de vista que es un buen momento para atajar el problema. Falta voluntad política, sí. Pero el camino se hace andando y somos muchas las personas comprometidas con nuestro planeta y nuestra salud.


Sabemos, por ejemplo, que los motores diesel emiten partículas que proporcionan un 50% más de riesgo de sufrir infartos cerebrales y accidentes cardiovasculares. Pero también sabemos que podemos fomentar la bicicleta, el transporte público o los trayectos en vehículo compartido.


El cambio empieza en uno mismo y algún día seremos nosotros los que realicemos campañas de concienciación, dirijamos grandes compañías o ¿por qué no? Seamos los señores y señoras que tomen las decisiones. Y entonces sí, sepamos hacerlo bien.




sábado, 18 de enero de 2014

Capitalismo. Causa y consecuencia.


Llevo un tiempo dándole vueltas a esta cuestión. Cada vez que me he dispuesto a interpretar el mundo he partido de la idea de que el sistema capitalista era la causa de todos los males que azotaban el planeta.
La destrucción del medio ambiente se debe fundamentalmente al afán desmedido de lucro por parte de las grandes empresas. Y esto no solo afecta a la devastación de nuestro entorno, sino que trae consecuencias a los propios seres humanos. El efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono, la contaminación de las aguas, la tala masiva de hectáreas de bosque, el agotamiento de los recursos y las enfermedades derivadas de la contaminación ambiental son solo algunos de los ejemplos que ya estamos sufriendo en primera persona.

El capitalismo tiene como finalidad obtener el máximo beneficio en el mínimo periodo de tiempo posible, repartiendo posteriormente dicho beneficio entre los pocos dueños de las grandes corporaciones y contribuyendo así a la concentración de la riqueza. Para ello, se explota al trabajador y se eliminan costes de producción a través de la deslocalización o pasando por encima de la justicia ambiental.

Este gigante se alimenta de la fantasía de que todos pueden tener tanto como el que más tiene, algo completamente falso por la propia logística del sistema. Y a partir de esto construye una estructura de valores que se rigen básicamente por el poder económico, todos los valores sociales quedan relegados ante este, y se convierte en la única pieza que determina el resto de la maquinaria.



Pero ¿habría opción de que las cosas fueran de otra forma?

¿Ha sido el capitalismo realmente la elección final del ser humano? ¿La materialización de sus deseos primarios? Si nos diesen la oportunidad de volver a empezar a construir una sociedad, ¿llegaríamos al mismo punto? ¿Es el ser humano impulsado, por su propia naturaleza, a predominar uno sobre otro? ¿Acabaríamos siempre buscando el beneficio propio a costa de los demás? ¿Volveríamos a caer en la ambición y el ansia de poder por encima de los derechos del resto?  Frente a estas preguntas me atormentaba pensar en la desesperanza que me abordaría en el caso en que mi reflexión concluyera  con un gesto afirmativo. Pero entonces me percaté de que en realidad estaba haciendo una vasta interpretación de la teoría nietzscheana, reduciendo al ser humano a un mero animal sin escrúpulos luchando por convertirse en el más fuerte. Y la realidad demuestra lo contrario.

Muchas han sido las personas que han luchado por el bien común, que han descubierto a este gigante y se han atrevido a enfrentarlo. Y esa fé en las personas hace que el párrafo anterior se caiga por si solo.

Por supuesto que existe otra forma de hacer las cosas. Esta no ha sido la elección final de una sociedad, sino la voluntad de una minoría que se aprovecha de este sistema y que ha conseguido convencer a los demás de que es la única opción viable. El triunfo del capitalismo no se debe a causas naturales sino a un esfuerzo ideológico y un trabajo intelectual de agentes claramente identificables que consiguieron crear el abono con el que hoy se nutren nuestras instituciones, medios de comunicación, políticas y organizaciones.

Consumimos más de lo que nuestro planeta puede soportar. Nos convencemos de que nuestra felicidad está ligada a nuestro nivel adquisitivo. Pisoteamos nuestras motivaciones e ignoramos nuestro talento para ser productivos. Y trabajamos más de lo que nuestro país necesita para crear una plusvalía que no repercute en nosotros.


Entonces, si somos conscientes de todo esto ¿por qué seguimos pensando que es la única opción viable?

En palabras de Susan George “Si reconocemos que un mercado dominante, y que un mundo inicuo no son ni naturales ni inevitables, debe ser posible construir un contra-proyecto para un mundo diferente.” Y lo es.

No resulta tan disparatado creer en una nación que reparta igualitariamente su riqueza. En la que el incentivo sea la realización personal y no el enriquecimiento económico. En la que el talento no se vea coartado por los recursos económicos. En la que el Estado nos proporcionara vivienda, sanidad, educación y salario a cambio de servicios públicos. 
Y con un reparto del trabajo en el que los horarios respondieran a las necesidades reales de la producción necesaria.

Sin embargo cuando mencionamos que un ingeniero cobraría lo mismo que un pintor nos echamos las manos a la cabeza.

No podemos buscar un Estado igualitario si seguimos manteniendo el beneficio económico como el fin fundamental.

En ese Estado utópico una bailarina podría realizarse profesionalmente sin que su nivel económico fuese una traba, siempre y cuando tuviera el talento necesario para ello. Si por el contrario no lo tuviera podría seguir ejerciendo su pasión en un plano personal desempeñando otra función que devolviera los servicios cedidos por el Estado. En cualquiera de los casos podría sentirse realizada como persona manteniendo una buena calidad de vida y aportando algo al sistema.

No niego que la historia esté del otro lado al defender este modelo de sociedad cuando apelamos a regímenes totalitarios, pero debemos ser conscientes de que la historia se construye y nunca es tarde para cambiarla.


Y puede ser que aun todo esto nos resulte utópico y que encontremos miles de razones para creer que nunca llegará a pasar, pero recordando al filósofo y periodista italiano Gramsci: “Contra el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad.”


lunes, 25 de noviembre de 2013

Ni putas ni santas, solamente mujeres.


Últimamente me estoy sintiendo bastante sensibilizada con el movimiento feminista, lo cual me sorprendió al principio pues pensaba que era un concepto arcaico superado por allá por los noventa y totalmente alejado de mi, una chica moderna y resuelta, con ideales progresistas, que se había creado en el seno de la Igualdad. Y ahí descubrí el problema. En el artículo XIV de la Constitución. Ese artículo que especifica que todos somos iguales y que da pie a preguntas como ¿si ya estáis reconocidas en la ley, que más queréis?

Nosotras ya nacimos dando por hecho que todos somos iguales, incluyendo en ese concepto de igualdad la asignación de roles sociales según el género.

En un país en el que predomina el patriarcado y la doble moral, vemos a diario como a las niñas de instituto se las llama zorras por vestirse de forma insinuante, mientras que a través de la publicidad crean una percepción del valor femenino basado fundamentalmente en la sensualidad. Vemos como compiten por conseguir al macho alfa, mientras que en las series juveniles caracterizan los objetivos de las protagonistas en base al hombre que deben alcanzar para sentirse realizadas. Vemos como se las tacha de golfas por salir con amigos teniendo pareja, mientras que en las películas de amor nos enseñan a centrar nuestra vida en una sola persona. Y nos parece normal.

Pero la cuestión está en que cuando esas niñas soplan veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años les sigue pareciendo normal. Y el problema va más allá de que los hombres puedan ser machistas, el problema es que el machismo está dentro de nosotras mismas y de nuestra sociedad.

En esta sociedad en la que, sorprendentemente,  el derecho al libre ejercicio sexual, así como el del placer físico y emocional tiene apenas veinte años, resulta aun más sorprendente escuchar hablar de las personas con las que se ha acostado una mujer y que la llamen puta.


En una juventud que crece interiorizando que eso es igualdad, a las mujeres se nos sigue exigiendo una imagen de “pureza y castidad” que bien se asemeja a la herencia de nuestra querida Iglesia Católica, que a día de hoy sigue haciendo publicaciones como el reciente Casate y se sumisa del arzobispo de Granada, que deja la dignidad de la mujer a la altura del betún.

En una estructura social que desde el paleolítico se empeña en someter a la mujer, parece que no se nos quedan tan atrás las pancartas de Ni putas ni santas, solamente mujeres.

Conviviendo con una comunicación de masas sexista, en un panorama laboral en el que se nos sigue desplazando y con una ley del aborto que nos sigue tratando como menores de edad, para hacer real ese concepto de igualdad nos queda mucho por andar.




miércoles, 30 de octubre de 2013

Pequeñas batallas.



El jueves pasado a las 6 de la tarde se convocó una manifestación por la educación en la plaza de la Constitución, y no fui. No fui ni yo ni ninguno de mis amigos. Y asusta.

Asusta porque fuera lo que fuese que estuviera haciendo no era más importante que luchar por mi futuro. Pero no fui.

Forme parte de esa gran mayoría silenciosa a la que tanto he criticado. Y no era propio de mi, ni de ninguno de nosotros.

Asusta pensar que están consiguiendo que la gente se canse, que nos resignemos a aceptar esta situación como una enfermedad crónica y aprendamos a vivir con ella en lugar de combatirla.
A través de las cortinas de humo que nos van lanzando y la anestesia que nos suministran con la comunicación de masas consiguen adormilarnos para darles tregua a los responsables del cáncer que está acabando con nuestros derechos en nombre de los intereses del libre mercado.


Desde niños nos enseñan a obedecer y a seguir unos cauces de adoctrinamiento para convertirnos en un eslabón de la cadena productiva. Nos obligan a tener idiomas, formación, habilidades, experiencia… y nos ofrecen un puesto de trabajo con un salario insuficiente y un horario explotador.


Se adueñan de nuestro tiempo, de nuestra atención y hasta de nuestras horas de sueño. Dedicamos nuestra vida al sistema y cuando este nos la ahoga nos cuesta hasta levantarnos a protestar. Y nos sobran motivos.


Nos sobran motivos porque la educación es la base de una sociedad, son los pilares sobre los que se construye una cultura y la estructura que sujeta a un país. Con una educación adecuada alcanzaríamos una conciencia de valores que nos ahorraría muchos de los problemas a los que nos enfrentamos hoy y nos permitiría, entre otras cosas, formar candidatos capaces de dirigir un país de una forma sana y competente.


Está demostrado que el posicionamiento crítico es la base del desarrollo y del avance social.
Y es muy probable que acudir a una manifestación no derogue una ley y que una voz al viento no cambie un sistema, pero hubo alguien que desde la India nos dijo que casi todo lo que hagamos en nuestra vida será insignificante, pero es muy importante que lo hagamos. Del mismo modo en el que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York, según la teoría del caos todo cambio a pequeña escala determina el resultado a largo plazo.


Y quizás ninguno de nosotros vea cómo cae este sistema, pero al menos viviremos encontrándole un sentido a cada cosa que hacemos y buscando la motivación en cada rincón. Y quizás ninguno de nosotros vea cómo nace otro sistema, pero al menos moriremos sabiendo que libramos nuestras pequeñas batallas y que algo conseguimos cambiar.


jueves, 5 de septiembre de 2013

De mujer a ministro.



Hace unos días leía en la prensa que nuestro ministro de justicia, el señor Gallardón, aprobará en octubre la contrarreforma de la ley del aborto.  La nueva ley nos hará retrotraernos al año 1985 en el que solo se contemplaba el derecho a la interrupción del embarazo en tres supuestos: violación; daño para la vida, salud física o psíquica para la madre; y malformaciones físicas o psíquicas del feto. Pero lo peor de todo es que me sentí hasta aliviada, ya que lo que planteaba en un primer momento el ministro era la eliminación del tercer supuesto, y eso ya si que nos ponía el vello de punta.

¿En qué estaba usted pensado cuando se le ocurrió esa brillante idea? Déjeme adivinar, en lo mismo en lo que pensaba su Consejo de Ministros cuando aprobó la reforma de la Ley de Dependencia, reduciendo un 15% la ayuda al cuidador.

Es decir, no solamente pretendía usted obligarnos a traer al mundo a una persona dependiente sin permitirnos preguntarnos si estábamos capacitadas para hacer frente a esa situación el resto de nuestra vida, sino que además pretendía que lo hiciésemos con las zancadillas que nos pone su propio Gobierno.

Afortunadamente, esta postura ultraconservadora chocó hasta con algunos miembros de su propio partido y eso le hizo replantearse su aplicación; pero no por ello piense que vamos a aceptar su contrarreforma, y me va a permitir que le explique por qué:

En primer lugar, el comité de Derechos  Humanos, el de la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, el de Derechos del Niño, el de Derechos Económicos, Sociales, y Culturales, entre otros, defienden la interrupción del embarazo como uno de los derechos sexuales y reproductivos.

Y mire usted, señor ministro, me va a permitir que le diga que en un país con un grave problema de desempleo, en el que probablemente tenga que trabajar por un salario mínimo, con un horario incompatible con las horas de atención que requiere un niño y bajo la amenaza de poder ser despedida en cualquier momento y desahuciada por no poder pagar una hipoteca; me plantee si deseo ser madre.

Además le diré que no me parece recomendable traer a un hijo al mundo en un hogar donde no es deseado, en una familia que no puede hacerse cargo de él o en un entorno inapropiado para su desarrollo.
Y entenderá que en cualquiera de estos casos, la decisión de interrumpir un embarazo es ya suficientemente difícil para una mujer, como para encima tener que soportar la demagogia de sus discursos criminalizantes.

Presupongo que ya sabrá usted que, entre otras cosas, esta ley dará lugar a que solo las mujeres con recursos económicos suficientes puedan permitirse abortar en otro país; o peor aún, que lo hagan de forma ilegal y precaria arriesgando su salud.


Pero aun así, usted continua defendiendo los intereses de la Conferencia Episcopal y claro… “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”. Y es que no me entra en la cabeza como en pleno siglo XXI la decisión de ser madre se deja en manos de un Gobierno que además se guía por principios propios de la primitiva moral judeocristiana que tanto daño ha hecho a los derechos de la mujer.

martes, 25 de junio de 2013

Pensamientos desordenados.


Tengo diecinueve años, cambio de opinión seis veces al día y a veces ni siquiera soy capaz de aguantar la avalancha de pensamientos que me inundan la mente. Supongo que por eso escribo, para poder poner en orden mis propias convicciones.

Desde que nací he intentado adaptarme al mundo interiorizando sus roles y normas. Distinguiendo el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto, lo aceptable de lo inaceptable… pero hace poco me di cuenta de lo peligroso que resulta someterlo todo a las normas de la regularidad. Estamos acostumbrados a encasillarlo todo en cajones previamente establecidos, a dar pasos sobre huellas ya marcadas.

Actuamos intentando controlar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, como si todo fuese estable cuando ni siquiera el mundo en el que vivimos lo es. No te bañarás dos veces en el mismo rio, decía nuestro amigo Heráclito, y así es. Todo está en continuo cambio y evolución, aunque nos esforcemos en establecer patrones de respuesta ante cada situación que se nos presente.



Desde hace tiempo mi única obsesión es hacer de mi misma una persona lo suficientemente grande como para aportar algo valioso al mundo. Y por ello he medido cada uno de los pasos que he dado, decidiendo a conciencia los caminos que debía tomar.

Sin embargo nunca tuve en cuenta aquellas decisiones que no tomamos por nosotros mismos, aquellas cosas que llegaron por sorpresa y nos partieron los esquemas, aquellos pasos que dimos en falso o aquellas caídas que nos hicieron darnos de bruces contra el suelo. Cuando me enfrentaba a algo así tenía la sensación de que eran piedras en el camino, obstáculos que me dificultaban las cosas y me impedían avanzar. Hasta que en una de esas te das cuenta de que el suelo también te da otra perspectiva de las cosas, lo que antes veías desde arriba ahora lo ves desde abajo y las cosas cambian. No son pasos en falso, son pasos equivocados que te enseñaron a entender que sencillamente ese no era el camino. Sin más.

He tenido el peso del fracaso en cada error que he cometido, sin pensar que cada uno de esos errores me ha enseñado más que las diez victorias anteriores. Y que, como alguien me dijo alguna vez, el éxito solo es una acumulación de fracasos.

Porque a veces nos encerramos en paraísos mentales, por el mero hecho de que son más fáciles de asumir, hasta el punto de que en algún momento acabamos tragando arena. Pero cada experiencia siempre guarda algo de valor, que interiorizado de una forma correcta nos puede ayudar a hacernos cada día más grandes. Porque un león ruge más fuerte herido…  y porque caernos al suelo nos puede permitir impulsarnos con más fuerza.


Y es que a veces es necesario perderse para poder encontrarse.

domingo, 5 de mayo de 2013

Los abuelos de la democracia.



La palabra Crisis es probablemente la más buscada en Google en los últimos años, y si no lo fuera podría manipular fácilmente alguna estadística para que así lo pensaseis. Al fin y al cabo nos lo hacen continuamente.
A mi parecer lo más preocupante de la situación actual no es la crisis en aspectos económicos, sino la crisis de identidad.

Durante decenas de años, nuestro país se ha ido librando de todos los sistemas represores que sometían a los ciudadanos y de esta forma nuestra sociedad ha ido evolucionando, liberando a las personas  y creando un Estado de Derecho que velaba por las necesidades humanas.
Sin embargo, aquel mes de julio de 1936 la barbarie se ponía sus botas de acero para pisar cualquier resquicio de progreso. Desde entonces el panorama español solo fue a peor, dando lugar a la mayor masacre que ha vivido nuestro país.

Años más tarde llegó la transición y con ella “los hijos de la democracia”.
Y ahí nos quedamos. En el año 75. Poniendo ocasionalmente parches a los grandes descosidos, pero permaneciendo anclados a aquel entonces, sin pararnos a pensar en que aquellos hijos de la democracia son ya nuestros padres.

Y aquí estamos nosotros, llamando democracia a un sistema que nos permite votar una vez cada cuatro años a unos grupos de representación ciudadana con unas listas preestablecidas que  se ampara en una Constitución de hace treintaicinco años, en el mejor de los casos.

Siendo testigos de cómo seis millones de personas están en paro, de cómo sacan a la fuerza a cientos de familias de sus casas porque no pueden pagar la hipoteca, de cómo nos recortan millones de euros en servicios de primera necesidad como la educación o la sanidad para rescatar a la Banca. De cómo la mano invisible de Adam Smith aprovecha la coyuntura económica y social para desproteger los derechos del trabajador; o de cómo nuestro presidente se esconde tras un cristal para dar ruedas de prensa en las que ni siquiera se aceptan las preguntas de los periodistas.

Ante esta situación  es completamente lógico que nuestro país atraviese esta crisis de identidad, cuando las propias personas que lo habitamos somos irrelevantes para cualquier tipo de decisión que nos concierne. ¿Qué es un país sin sus ciudadanos?


Por muchas nauseas que me provoquen las gaviotas del PP, no puedo señalarlas como causantes de la falta de humanidad que hoy dirige nuestras políticas. La situación actual es el resultado de un sistema obsoleto que no hace más que ocasionar problemas. El capitalismo tal y como lo conocemos es una maquinaria totalmente oxidada haciendo saltar chispas que ya prenden fuego a muchos de nuestros Derechos Humanos. Este sistema nos sirvió de gran ayuda y propició numerosos avances científicos y tecnológicos, pero a día de hoy está muerto.

Todo aquello en lo que creíamos se ha desmoronado, ocasionando una nube de polvo que no nos deja ver quien somos. Pero es por eso mismo por lo que considero que ha llegado el momento de hacer brotar algo nuevo, de dar un paso más en nuestra Historia y de dejar de ser los nietos de la democracia para convertirnos en los padres de una nueva revolución.





lunes, 22 de abril de 2013

Con olor a pólvora.




A lo largo de milenios, desde Grecia, la humanidad ha progresado técnicamente de una manera fabulosa, pero en cambio seguimos matándonos los unos a los otros en guerras y sin saber aprender a vivir tranquilamente juntos.

Así colmaba Sampedro el minuto 42 en la entrevista de Jordi Evole para Salvados, y yo en mi sofá asentía con la cabeza, como si quisiera agradecerle que soltara aquellas palabras que desde hacía tiempo me rondaban en la conciencia. Como si mis afirmaciones tuvieran más razón en boca de otra persona.


Abandonamos las cuevas, nos concentramos en grupos sociales, establecimos roles jerárquicos, desarrollamos planes de abastecimiento, diseñamos ciudades;  inventamos el comercio, complicados sistemas burocráticos, la democracia de representación política…

Hemos dado nombre a maravillas como la música, la literatura, la pintura, la escultura, la danza… hemos sido compañeros de genios que sacaban de su mente autenticas obras de arte de la talla de Mozart, Van Gogh, Da Vinci o  Cervantes.

Dimos cura a miles de enfermedades hasta alargar nuestra esperanza de vida a cien años, viajamos a la Luna, inventamos la bombilla, la imprenta, el microchip y hasta el puto acelerador de partículas.


El ser humano es el animal que más ha progresado a lo largo de la historia y sin embargo seguimos recurriendo a métodos prehistóricos para resolver nuestros conflictos. Y pero aun, ya que no es con piedras con lo que luchamos, sino bombas y tanques.

¿Cómo es posible que la misma especie que compuso El lago de los cisnes acabe con la vida de millones de personas por criterios económicos?

Desde el día en que aprendí a hablar, que por otro lado fue el más importante de mi vida, observo todo lo que me rodea con ojos de búho, preguntándome hasta el más mísero detalle de mi existencia. Y aun no encuentro lógica alguna a que nos sigamos matando los unos a los otros por petróleo, en lugar de invertir en energías renovables. 



¿Realmente posee nuestra especie tal desequilibrio mental? ¿o por el contrario es el Poder el que embriaga las conciencias hasta reducir el sentido de la moral a la altura del betún? ¿Estamos condenados a que nuestro instinto animal nos domine eternamente? ¿Es la ambición y la codicia como parte de nuestra naturaleza la que nos ciega? ¿o se trata de una más de las consecuencias de dirigir el mundo siguiendo el criterio de la rentabilidad económica?


miércoles, 20 de febrero de 2013

Despierta.



Hace demasiado tiempo que no escribo, será que mi inspiración está hibernando o tal vez solo algo aturdida. Desde luego no sería nada extraño pensar que así lo fuera, en los tiempos que corren lo raro  es estar despejado. Yo por mi parte resisto a esta nube de desencanto e intento seguir fiel a mi espíritu idealista, pero la realidad me golpea quitándome las ganas de creer en algo mejor.
Mi receta para los males que acechan al país eran más viables en mi cabeza que en su hipotética implantación en la sociedad.

Desde que tengo uso de reflexión, que por otro lado no es desde hace mucho, defiendo que la base de la que debemos partir es la educación. La educación es para mi el pilar más fuerte en el que debe sustentarse una sociedad, entendiéndola como un conjunto que alberga mucho más territorio que el meramente académico. La educación no son las matriculas de honor, ni los modales, ni saber resolver problemas matemáticos. La educación es la formación de las conciencias, lo único que puede liberarnos y consolidar una sociedad unida.

Entiendo que es absolutamente necesario que se impartan clases sobre historia, filosofía, literatura, arte, biología… necesitamos saber qué somos y de dónde venimos, sin embargo considero que todo eso se queda corto si no integramos otros factores. La educación tiene la obligación de formar personas cualificadas, con un espíritu de crítica capaz de enfrentarse a la realidad y tomar sus propias decisiones, y por el contrario tengo la sensación de que  tan solo nos preparan para ser un eslabón más de la cadena productiva.

Sin embargo se me escapaba otro pilar absolutamente determinante: la comunicación.

Los medios de comunicación contribuyen a legitimar el efecto de alienación de una forma más que evidente, ya que estos no reflejan la realidad, sino que la construyen.

El sistema mediático español está doblemente privatizado por el poder político y el poder comercial, provocando un empobrecimiento del propio sistema y la decadencia de la función informativa.  Para comprender cómo funciona en la actualidad debemos citar en primer lugar  la innegable carga negativa que la dictadura ejerció en el periodismo nacional, así como la fractura ideológica que se dio durante la posguerra dando lugar a una acusada división de ideales  y a un paralelismo político que continua hasta hoy.




El fuerte papel de los partidos políticos favorece el paralelismo citado, además de originar un periodismo sumamente polarizado en el que cada medio se alinea con una ideología.
Esto se observa fácilmente en la prensa escrita, en la que encontramos diversos enfoques de una misma noticia dependiendo del diario en el que aparezca.

Apoyándome en un análisis que realiza Díaz Nosty sobre el sistema de medios español, que sintetiza en  El déficit democrático, puedo afirmar  que el poder de los propietarios de los medios los hace propietarios también de la libertad de expresión.

La posición de poder de los propietarios interviene directamente en los contenidos de los medios, rigiéndose por el criterio de rentabilidad económica y por tanto guiándose por el nivel de audiencia. En este sentido, los contenidos están dirigidos al entretenimiento, dejando a un lado el interés por la actualidad.



Como si de un movimiento en cadena se tratase, este hecho desencadena un fenómeno mayor. Al crear una sociedad desinformada se constituye una opinión pública más manipulable y vulnerable a los intereses políticos.  Y aunque nos quieran dar a entender que ocurre al azar, lo cierto es que responde a una estrategia planificada.

En un mundo en el que la información es la única baza con la que cuenta el pueblo, la potestad de gestionarla desde las altas esferas es crucial para el desarrollo de la nación.





En este marco educativo ¿cómo podemos creer en un avance social, si la sociedad está cada vez más sometida al propio sistema y las únicas armas con las que cuenta el pueblo se ven apagadas con gases lacrimógenos y pelotas de goma?



domingo, 11 de noviembre de 2012

Una utopía necesaria.



Tengo dieciocho años, nací en un país del primer mundo, en una familia de clase media. Jamás me faltó un regalo el día de mi cumpleaños ni zapatos nuevos cada invierno. He disfrutado del estado del bienestar y me siento una gran privilegiada.
Pero el estado del bienestar no es más que otra gran  mentira. Hemos creado un mundo absolutamente insostenible. Un mundo en el que la obsesión por el consumo ha anulado completamente nuestra esencia natural y nos ha impulsado a creer en valores falsos tales como la apariencia, el prestigio, la ambición, el poder…

Desde que nacemos nos venden este mundo como un juego en el que podrás triunfar por tus propios medios con una única condición: tan solo serás un peón más absolutamente prescindible. Y lo aceptamos sin discusión.
Vivo en un Estado de derecho en el que los bancos son rescatados con dinero público, las personas se suicidan por no poder llegar a fin de mes y familias enteras se ven en la calle de la noche a la mañana sin tener a donde ir. Las matriculas de las universidades públicas cuestan más de mil euros, la mayor parte de la prensa está direccionada y ante una situación de crisis el Gobierno actúa recortando en sanidad, educación, en salarios y en pensiones.

No soy economista y no tengo ni idea de política, pero no alcanzo a comprender en qué momento la humanidad aceptó convertirse en un mero número.

Sobran motivos para afirmar que este sistema es absolutamente inviable, pero seguimos creyendo que es una utopía construir un mundo mejor.

Un mundo en el que a través de la educación se enseñaran valores reales tales como la igualdad, la solidaridad, el respeto y la humildad. Un mundo que se sostuviese por un interés de compromiso con el planeta. Un mundo que velara por el bien común, por la satisfacción de los ciudadanos. En el que no existieran ejércitos y ni estrategias de ataque o defensa. En el que la policía hiciera honor a sus placas y dieran ejemplo de conciliación pacífica. En el que no existieran los paraísos fiscales ni la pena de muerte, en el que traer a una persona al mundo no fuese decisión de ningún político. En el que el desarrollo de la economía no implicase ninguna devastación ambiental y en el que jamás se viera una fortuna, si una sola persona debe morir por ello.



Pero lo cierto es que también se consideraba una utopía salir de la esclavitud y se consiguió. Se consideraba una utopía salir del feudalismo y se logró. Se consideraba una utopía acabar con las nefastas condiciones de vida de la clase obrera y se alcanzó.

Será porque soy demasiado joven o demasiado idealista. Será porque aun no me ha dado tiempo a perder la esperanza ni a dejar de luchar. Será porque las ganas vivir me hacen amar este mundo y eso me hace creer que se merece algo mejor.
Será por eso por lo que defiendo que las utopías son necesarias.

Y será por eso por lo que considero que el día en el que deje de ser una utopía, me sentiré orgullosa de llevar una bandera o de cantar un himno.






sábado, 29 de septiembre de 2012

25s


En un Estado ahogado en el descrédito financiero y político, el pueblo español se levanta en busca de justicia.
El Gobierno al otro lado de la frontera nos envía a sus sicarios.




DEMOCRACIA REAL YA

sábado, 8 de septiembre de 2012

Frágiles.





Desde que nacemos el ser humano tiene una necesidad que prima sobre el resto, la necesidad de seguridad. Apenas llegas al mundo reconoces a dos personas fundamentales: tus padres. Ningunos brazos serán iguales, da igual que llores de frio, de hambre o de sueño, solo sus brazos pueden calmarte.

Con forme vas creciendo ellos se convierten en dos fuertes infranqueables que velan  para que nunca te sientas sola o insegura. Solo eres una niña, los adultos están para protegerte y asegurarse de que no te falte nada. Ellos saben lo que hacen, tu solo tienes que preocuparte de seguir sus pautas. No existe el miedo a la soledad o al abandono, no hay decepción ni frustraciones.


Pero inevitablemente creces y la realidad comienza a golpearte en la cara. Tus padres siguen estando ahí pero ya no te transmiten esa seguridad incondicional. Ahora la adulta eres tú.
Ahora tus actos tienen consecuencias, las decisiones que tomas pueden volverse en tu contra y solo tú estarás ahí para encajar los golpes.  No sabes cómo enfrentarte a las situaciones que se te plantean y continuamente te inundan esas ganas de salir corriendo hacia alguna parte.

Necesitas recobrar la sensación de estabilidad e inconscientemente  comienzas a buscarla en otra persona, en una pareja. De acuerdo con esto, yo siempre he sido muy partidaria de la teoría de Freud y su complejo de Edipo;  en el que  defiende que el ser humano siempre tiende a buscar en una pareja patrones que se aproximen a los de nuestros padres.


Entonces  aparece él. Colocándote  en un lugar privilegiado, en una prioridad en la que solo estás tú. Y recuperas esa  sensación de paz, solo su pecho  puede dártela. Te devuelve a ese espacio mental en el que nada puede perturbarte; el está contigo y nada malo puede pasarte. El miedo desaparece y tienes la convicción de que él daría su vida por ti sin dudarlo un segundo, del mismo modo que lo haría tu padre cuando tenias cinco años.

Supongo que por eso, después de un desastre amoroso,  todas las inseguridades vuelven de golpe haciéndote más frágil que nunca. Tu mundo estable se desploma y el equilibrio de tu vida se esfuma. El puente de seguridad que te proporcionaba esa persona se quiebra, dejándote a ti al otro lado, haciéndote sentir como ese bebé vulnerable que solo extraña los brazos de su madre.

La necesidad de seguridad es algo que heredamos desde que nacemos y que convive con nosotros hasta el día en que dejamos de existir, lo que implica que ese bebé no es más frágil que sus padres, sino que simplemente ellos han tenido más tiempo para aprender a combatir su propia inseguridad.

sábado, 14 de julio de 2012

Piezas.



“La autentica valentía reside en ser independiente”


Siempre ha habido algo que me ha angustiado, desde que llegue al instituto hasta no hace mucho. Encajar en algún lugar. Ser aceptada por un grupo de gente para mantener tu autoestima a flote y tener una mayor sensación de seguridad, para que tus rarezas pasen desapercibidas.  Sin embargo, en ese camino por encontrar mi sitio me he tropezado muchas veces, acusándome a mi misma de ser la pieza que no encaja en ningún puzle. Una pieza demasiado rígida quizás para adaptarse o para dejar que la moldeen.

Conforme iba creciendo me daba cuenta de que cada puzle al que quería pertenecer era aun más superficial que el anterior, más contrario a mi. Hasta comprender que ni siquiera la autentica amistad residía en ellos; sus intereses comunes se basaban en guardar una apariencia externa, una imagen impoluta que aumentara esa sensación de seguridad o incluso de superioridad con respecto a los demás.
Analizándolos de cerca me hice consciente de que todos tienen algo en común: la pieza base. Una pieza con forma definida e inmutable a la cual intentarán adaptarse las demás, cambiando sus propias formas para lograr encajar a la perfección. Esas piezas secundarias son las que más me han llamado la atención siempre. Pierden completamente su esencia y  su personalidad para conseguir formar parte del conjunto, pero ¿realmente merece la pena?



Todo este tiempo he creído que si, “debes formar parte de algo para tener una buena imagen” “debes adaptarte al resto”. Y sin darme cuenta era yo misma la que me ponía la piedra que me impedía avanzar; aparentando algo que no eres no puedes encontrar a gente que sea como tu, sencillamente es contradictorio.

Siempre me he dejado llevar por el miedo al ¿qué dirán? Convirtiéndome en una persona  más superficial que las que yo misma critico. Me he reprochado en cada momento ser esa pieza demasiado diferente, por tener una personalidad demasiado natural, unos principios demasiado definidos y unas ideas demasiado claras. Hasta que hay algo que te hace abrir los ojos para darte cuenta de que simplemente estabas buscando en la dirección equivocada.


He conocido a personas maravillosas  por caminos muy diferentes, que cada día me aportan algo distinto y que se que conservaré toda la vida. Personas independientes y autenticas.  No tiene sentido pretender cambiarse a uno mismo para pertenecer a una masa homogénea si encima no tiene nada en común contigo.




Dicen que un leopardo no puede cambiar sus manchas. Yo creo que si lo intentase, no solo estaría siendo absurdo, sino que estaría renunciando a lo más bello de si mismo.

Como dijo Coco Channel, “para ser irremplazable hay que ser diferente”




viernes, 20 de abril de 2012

Extraordinario.


Llega un momento en la vida en el que te das cuenta de que algo ha cambiado, tu mente ha ido evolucionando hasta el punto de percatarse de que tu madurez comienza  a parecerse a la felicidad.

Empiezas a tomar todas las cualidades que tenias desde siempre y las ordenas, dándole forma, convirtiéndolas en la esencia que te hace especial.

Abandonas tu rebeldía y la cambias por sentarte a charlar con tus padres o dejas de pelearte a gritos con los profesores para conseguir dejarlos sin palabras con un par de frases coherentes.


Te creas una visión global del mundo que te rodea y comienzas a sentirte parte de él, como una pieza más o simplemente como una voz que tiene algo que decir al respecto.

Observas la realidad y sabes seleccionarla, separar lo verdadero de lo insustancial, lo relevante de lo superfluo. Aprendes a alejarte de la apariencia y pruebas el autentico sabor de sentirte uno mismo.

Dejas de ser esclava de la superficialidad del mundo exterior y utilizas lo que te rodea en tu propio enriquecimiento, haciéndote cada vez más grande.

Sustituyes el espacio que te ocupaba odiar a alguien y lo aprovechas para amar más a otra persona. Estas a otro nivel. No superior ni inferior, sino simplemente en otro plano distinto, en el que ese alguien no tienen lugar.

Vas andando por la calle y te das cuenta de que valoras las carcajadas de un niño, el placer de leer un libro, la alegría que te hace sentir ver a esa pareja jugando o encontrarte en el mismo sitio al viejecillo que sale a comprar el pan todas las mañanas. Detalles. Escenas ajenas a ti que comienzan a calarte, durante pocos segundos, 
pero que sorprendentemente hacen que te sientas bien.


Evolucionas  hasta percatarte de que ahí está. Eso es lo único importante. Lo verdaderamente extraordinario está dentro de ti, en las cosas que captas, en las situaciones que haces tuyas , en los momentos que te marcan y en las frases que grabas en tu mente para siempre.  



Y solo por eso  merece la pena vivir.