martes, 12 de abril de 2016

Postureo posmoderno


Llevo mucho tiempo reflexionando sobre el efecto que tienen las redes sociales en mi entorno, en mi misma. Y más allá de la inflación de narices que me produce intentar mantener una conversación con una persona que está mirando una pantalla, mi propio hábito de desbloquear el móvil cada diez minutos o recibir audios que no tienen nada que decir, hay algo que me inquieta aun más. Las identidades que se desarrollan en internet. Y cuando hablo de internet me refiero principalmente a Instagram, Facebook y la última a la que aun me resisto a entrar, Snapchat.

Antes de entrar de lleno en la cuestión quiero aclarar que lo que estoy haciendo no es un juicio hacia fuera sino una autocrítica, que podría servirme para darme un empujón más hacia la persistente idea de comprarme un Nokia y volver atrás. Y es que no son pocas las veces que he pensado en cerrar mi cuenta de Instagram, coger el móvil y tirarlo al mar. Porque yo soy la primera que cae y se deja enredar, y dice que pasa del qué dirán mientras cambia siete veces el filtro de una foto. Pero honestamente estoy hasta el moño de ver platos de pasta y tíos enseñando cacha, de “feministas” que no tienen nada que aportar salvo ego y vanidad, que oye me parece genial, pero no lo llames revolución social.

Asumo  que las personas  tengamos la necesidad de comunicarnos  y que estas redes también sirvan para inspirar, pero me preocupa la importancia que le damos a lo que continuamente intentamos reflejar y me pregunto cuánto es humo y cuánto realidad.  Curiosamente esto me recuerda a mi misma escribiendo somos publicidad hace justo un año y me hace dar una vuelta de tuerca más y preguntarme ¿seremos posmodernidad?


Alguien me dijo alguna vez que Twitter nos hace pensar
que somos ingeniosos, Instagram que somos fotógrafos y Facebook que tenemos amigos. A fin de cuentas, que somos algo más que el otro, que nuestra vida es más interesante, nuestros novios más guapos y nuestra comida más apetecible. Nos hace pensar que somos arte, que lo que hacemos o lo que decimos merece ser compartido. Y en consecuencia, nos lleva a explotar nuestra necesidad de reconocimiento materializándolo en un número de clicks, en algo tan efímero como un like en el que invertimos un segundo en darlo y tres en olvidar.

 Aparte, claro está, del valor otorgado a la belleza, a las apariencias, a lo superficial.


Entiendo que cada uno busca en un sitio distinto la felicidad, pero desde luego esto que hacemos no es natural y me parece que provoca un desarraigo brutal de dónde venimos, de dónde estamos y hasta de lo que somos.


Y sin embargo me planteo si en un mundo posmoderno en el que nada es lo que parece ser, en el que los formatos se confunden, los contenidos se transforman, las líneas se difuminan y la realidad no es alcanzable ¿Somos más auténticos siendo quién somos o quién queremos ser? Tal vez las redes abran un espacio para manifestar una parte de nosotros que en cualquier otro no sabemos expresar. Puede que nos libere. O que nos ate, a un mundo paralelo en el que las relaciones se basan en la estética, en proyecciones, en humo.

Puede que nos envuelva en una ilusión, en un mundo idílico de comentarios y likes en el que no hay decepciones, ni guerras, ni hambre, ni sangre y sudor. La vida es sueño, decía Calderón, ¿nos estamos durmiendo colgados en la red?




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